miércoles, 13 de febrero de 2013

El refugio del samurai

Fuente: EL DIARIO VASCO

El escultor lasartearra Miguel Ángel Oribe expuso en 2009, en la galería donostiarra No Color, una serie titulada 'Ku' (Vacío), basada en un libro de un guerrero japonés del XVII



El escultor Miguel Ángel Oribe (Lasarte, 1968) expuso en 2009 en la galería donostiarra No Color, en Paseo Colón, una exposición en la que predominaba una nueva serie que realizó «a contrarreloj» inspirado por El libro de los cinco anillos, del samurai del siglo XVII Miyamoto Musashi. Opinaba que su lectura le había devuelto la fuerza que sacó de adolescente, aunque esa energía y esa actitud nunca le han abandonado.
En No Color, además de las esculturas en acero cortén o madera, los collages y los dibujos de la serie Ku, que en japonés significa vacío, Oribe expuso piezas mostradas dos años antes en el palacio Aranburu, en Tolosa. El escultor lasartearra ha creado una gran cantidad de obra en las dos últimas décadas. De entre la situada en lugares públicos, su favorita es la escultura Gizona, instalada en Hernani tras ganar un concurso público.

En su nueva línea, Oribe no abandona su principal constante a lo largo de su carrera, el concepto de refugio, que busca a través de círculos y huecos. Lo define como «un lugar donde nos sentimos protegidos, sin miedos, a cobijo de otra gente o del dolor. Pero no como algo posesivo, no como una propiedad, sino como algo poético y para compartir, porque siempre he tenido claro que estamos de paso».
Al igual que Oteiza, de niño, cavaba hoyos en la playa y se refugiaba allí para mirar al cielo, la madre de Oribe asegura que Miguel Ángel, de pequeño, siempre buscaba refugios domésticos, bajo las sábanas o en los rincones, desde los que jugaba y montaba su mundo. Pero no era un chico retraído, ni mucho menos. Jugaba al fútbol y, con 14 años, se proclamó campeón de judo de Gipuzkoa.
Aunque algo no iba bien. Se cansaba mucho antes que los demás y, entonces, sus pies tenían un movimiento extraño. Acudieron a los médicos, que le diagnosticaron distrofia muscular, una dolencia degenerativa que le condenaba a la silla de ruedas. Oribe se agobió «lo justo, como cualquier adolescente», y enseguida remontó.

Hans Arp
Tras su etapa escolar, comenzó a estudiar arte y diseño y descubrió al poco conocido escultor alsaciano Hans Arp, aunque no olvida al inglés Henry Moore. «Fue la clave, el momento en el que decidí dedicarme a la escultura», señala. De Arp le fascinaron su obra y «su humildad, cómo vivió del arte sin ser artista estrella».
A la par que se iniciaba en el diseño, Oribe empezó a acudir a Arteleku para esculpir. Considera el centro de creación artística de la Diputación «una joya» donde aprendió mucho «de este oficio de hacer esculturas». Comenzó a trabajar con piedra, pero «rápidamente», al ver lo que hacían otros, se pasó a la madera y el hierro, desde entonces sus materiales favoritos. Descubrió a Oteiza «muy tarde», como a Chillida, pero Oribe se queda con el hondarribiarra Remigio Mendiburu. No sólo por su obra, que le «fascinó», sino también porque Mendiburu «optó por quedarse en un segundo plano, junto a Néstor Basterretxea y otros, e iba mucho por su línea, hacía un arte muy suyo, muy personal».
Oribe no acabó sus estudios de diseño. Le salió un buen trabajo de diseñador gráfico y optó por dar el salto para independizarse con su mujer, Josune. Sus padres habían comenzado el proceso de separación y él quería «huir de aquello, buscar refugio». Hacer su vida y ganársela «como uno más» consolidaron la actitud de Miguel Ángel de no parar cuando todavía puede moverse. «Nunca he ido de minusválido. Siempre me he considerado una persona normal que tiene cierto problema y que en el futuro tendrá más, como cualquiera. Mi leitmotiv es que no hay problemas, sino soluciones».
«Prácticamente todas» las distrofias musculares abocan al paciente a la silla de ruedas antes de los 30 años, pero Oribe no la necesitó hasta los 38. «He tenido una vida casi-casi normal hasta ahora», celebraba
Oribe no ha abandonado el diseño gráfico, que realiza como autónomo por encargo y completa sus ingresos como escultor. Se mueve para poder vivir del arte porque «los artistas, o espabilan, o van a ir para abajo», y consigue «tres o cuatro encargos» al año, entre ellos crear esculturas para regalos de empresa selectos.


El vacío enriquecedor
El escultor está entusiasmado con El libro de los cinco anillos. Musashi divide la filosofía de vida en cinco anillos, que son «los elementos: la tierra, el aire, el viento, el agua y el vacío. Dice que éste último es tan importante o más que los demás. Pero no es el vacío como lo entendía Oteiza, sino otro enriquecedor: es la sabiduría suprema, lo que sientes cuando dominas tanto una técnica que la haces casi sin mirar, casi dormido, porque te sale, te fluye».
Oribe se siente afortunado. «El arte es mi vida, es lo que he querido hacer. Disfruto una pasada y los míos me acompañan». También por el sitio donde le ha tocado nacer. «Pero sin aspavientos, sin llorar 'ay, qué mal está el mundo'». Y siente y practica «la obligación de aportar a los demás algo» de lo que le ha dado la vida. Ha ayudado a Etiopía a través de la ONG Jangela Solidaria y participó en la creación de la fundación Etiopía Utopía. El escultor no ha estado en el país africano y tiene ganas de ir, pero espera a que su hija Lur crezca un poco más. Quiere llevarla «para que vea por sí misma eso, que hay otros mundos. Creo que es casi mejor que un año en la ikastola. Es toda una enseñanza».

Las fotos que acompañan este post son cortesía de Miguel Ángel Oribe. Podéis ver más en
http://www.euskalnet.net/oribe/nocolor09/nocolor09.htm

1 comentario:

Subversado dijo...

Dios, qué he hecho, me gustan tanto las obras de Miguel Ángel y mejoran tanto la estética del blog que ahora me cuesta meter otra entrada.